Crimen sin castigo

Paseando por San Petersburgo, siguiendo las trazas que había planteado María Antónovna Útkina en referencia a aquel supuesto manuscrito atribuido a Alexándr Serguéyevich Púshkin, me encontré de repente un buen día paseando por las calles menos transitadas de todo el antiguo centro peterburgués. Calles inocuas, totalmente desapercibidas para el turista de plano de hotel, botellín de agua y cámara compacta de fotos en la mano (yo mismo, excepto porque estaba empezando a pensar que me había equivocado al leer las notas que Útkina atribuía a Púshkin en el pasaje que había decidido investigar aquel día).

Ya tenía yo fundada sospecha de que el tal Liéski cuyos heterogéneos manuscritos vine a encontrar hace ya un tiempo en Moscú, no era excesivamente consistente en el planteamiento de sus notas, historias o lo que quiera que fuesen, y que lo mismo se inventaba a un personaje (porque… ¿había existido en realidad la tal Útkina que Liéski mencionaba que había encontrado o que incluso había obtenido del propio Zar un libro apócrifo de cuentos atribuidos a Púshkin?…, ¿o era todo un mero artificio estilístico en que todo era justificable de ser inventado o “adaptado”, como en el amor y la guerra?), que lo mismo era capaz de mezclar en la misma historia a Púshkin y a Dostoyévski, aún cuando el segundo ya estudió en la escuela los poemas pushkianos.

Pero si consideramos que yo aún no había sido capaz de trazar el camino reverso para llegar al propio Liéski ni de entender si era nombre auténtico o seudónimo, de persona real o ficticia, entonces ya todo lo demás era llover sobre mojado.
Por eso fue que no me sorprendió demasiado aquella mañana de primavera verme cara a cara con Raskólnikov. O de alguien que se podía haber llamado como tal. Cabeza gacha, farfullando cosas incomprensibles, y escondiéndose en las casapuertas de los decadentes palacios de la parte izquierda según se mira al Almirantazgo. Dicen que Dostoyévski se inspiró en las casas y edificios auténticos de su vecindario, y en sus propios vecinos y conciudadanos, para su “Crimen y castigo”.

Y en esa mañana me lo creí.
De repente me vi en el patio por donde entró Raskólnikov para matar a la vieja prestamista.

(Raskólnikov) llegó, al fin, a un inmenso edificio, una de cuyas fachadas daba al canal y otra a la calle. El caserón estaba dividido en infinidad de pequeños departamentos habitados…

…Franqueó el umbral y se introdujo en la escalera de la derecha, estrecha y oscura como era propio de una escalera de servicio. …en aquella oscuridad no había que temer a las miradas de los curiosos.

…en el momento en que él llegó ante la casa penetraba por la gran puerta un carro cargado de heno. Raskolnikof se acercó a su lado derecho y pudo entrar sin que nadie lo viese. Al otro lado del carro había gente que disputaba: oyó sus voces. Pero ni nadie le vio a él ni él vio a nadie. Algunas de las ventanas que daban al gran patio estaban abiertas, pero él no levantó la vista: no se atrevió…
La escalera que conducía a casa de Alena Ivanovna estaba a la derecha de la puerta. Raskolnikof se dirigió a ella y se detuvo, con la mano en el corazón, como si quisiera frenar sus latidos.

Estación Dostoyévskaya (Metro de San Petersburgo)

Estación Dostoyévskaya (Metro de San Petersburgo)

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Acerca de Alienigena in alia terra

Bienvenido a Alienigena in alia terra. Vivir en otros países conlleva que a veces te sientas como un “extranjero en tierra extraña” o, como acertadamente decían los romanos, alienigena in alia terra. Me encantan la Historia Antigua, el software libre y abierto y la música clásica. En un mundo de “ventanas” y operaciones triunfo, ¿qué mayor sensación de sentirse extranjero en tierra extraña que esta?
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2 respuestas a Crimen sin castigo

  1. kutaisov dijo:

    Todos los que leemos “Crimen y castigo” (o cualquier otro libro) nos hacemos una imagen mental de los lugares, los sitios… que nunca coincide con lo que podrían ser, claro. Además con el tiempo uno se forma sus propias ideas de cómo era la historia (y me la leí tres veces aunque la última hará ya más de 15 años). Yo creía recordar la casa de la prestamista como un lugra lúgubre y pequeño más propio del París de Atget que del imponente edificio que muestras.

    Pero quizá he de volver a leerme la novela…

    Saludos

    • Hola, Kutaisov.
      No puedo decir que ése sea el sitio exacto en que se desarrolla la novela, pero sí te puedo decir que está situado en el barrio donde se desarrolla la novela, que es en el centro de San Petersburgo, pero en la zona menos turística (si cabe decir esto) del centro, en el lado izquierdo mirando hacia el Almirantazgo desde la Avenida Nevski, cerca del Palacio Yusúpov.
      En cuanto a lo de no imaginártelo de esa manera, es comprensible si no has venido a fondo o vivido en Rusia; yo, por el contrario, sí me la imaginé muy parecida cuando la leí. Y es que son típicas en Rusia las construcciones mastodónticas -en San Petersburgo son palacios o edificios de gran valor arquitectónicos- con una idea similar: en torno a un patio central se desarrolla la vida del bloque, un poco como nuestros antiguos corrales y patios de vecinos, pero más a lo grande. Yo mismo vivo en uno así.
      Todo ello no obsta para que luego el interior de las casas sea menos aparatoso, espectacular, que el exterior, y sobre todo, descuidado: en San Petersburgo, por la dejadez de la Administración y la ausencia de habitantes en el centro (aunque recientemente el gobierno -de origen peterburgués- ha acometido grandes restauraciones de la ciudad con motivo del pasado Bicentenario de la ciudad); en Moscú, por el pasotismo y dejadez de los vecinos, que se desentienden de las áreas comunes, que a veces están cochambrosas (¿herencia del comunismo?). Luego entras en un apartamento, y resulta que por dentro está decorado de lujo, y sin embargo su vecino de escalera puede que esté en plan soviético cutre, al estilo “comunalka”… Sólo al abrir la puerta te das cuenta.
      Según mis vivencias, coincide plenamente con el que podría haber sido el auténtico patio de la casa.
      Ello no obstante, prometo, para un próximo viaje a San Petersburgo, documentarme e intentar fotografiar la auténtica casa, si la consigo localizar. Aunque antes se me ha pasado por la cabeza fotografiar los lugares donde se desarrolla El maestro y Margarita, de Bulgákov, en Moscú… 🙂

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